Es el préstamo pensado para quien construye su propia vivienda en un terreno suyo: tú actúas como promotor de tu obra. A diferencia de una hipoteca normal, el banco no te da el dinero de golpe: lo entrega por tramos a medida que la construcción avanza, contra certificaciones de obra firmadas por el arquitecto o aparejador.
Mientras dura la obra disfrutas de carencia: pagas solo los intereses del dinero dispuesto, no capital. Al terminar —con el fin de obra y la licencia de primera ocupación— el préstamo se convierte en una hipoteca ordinaria con su cuota normal. Los bancos financian habitualmente entre el 70 % y el 80 % del menor entre el presupuesto de ejecución y la tasación de la vivienda terminada.
Cuatro papeles que conviene tener antes de sentarse con nadie: el terreno en propiedad (urbano y, idealmente, libre de cargas), el proyecto visado por el Colegio de Arquitectos, la licencia de obras del ayuntamiento y el presupuesto de ejecución del constructor. Y una advertencia honesta: el IVA de la obra (10 %), el proyecto, las licencias y las desviaciones de presupuesto salen de tu bolsillo, no del préstamo. Reserva colchón para eso.