Se llama subrogación de acreedor: trasladas el préstamo que ya tienes a otra entidad que te ofrece mejores condiciones. La casa es la misma y la deuda es la misma; lo que cambia es quién te la cobra y a qué precio. No tienes que vender, ni mudarte, ni volver a comprar nada.
También existe la novación, que es renegociar con tu propio banco sin moverte de entidad, y una tercera vía: cancelar tu hipoteca y firmar una nueva. Cada una tiene sus costes y sus tiempos. La buena es la que sale a cuenta con los números delante, no la que suene mejor.
Cuando el ahorro supera los gastos. Cambiar cuesta —tasación, gestión y, según el caso, una compensación al banco de origen— y ese desembolso se recupera en unos meses o en varios años. Si la diferencia de tipo es pequeña o te queda poco plazo, puede no valer la pena. Te lo diremos claro aunque signifique que no hay operación.